La isla del fin del mundo

El metro está a rebosar y en tiempos de COVID-19 hace que uno se replantee si esta es la mejor opción para llegar al aeropuerto. Por algún motivo los buses me producen una sensación de inseguridad, como si fuese más probable que hubiese un imprevisto y me quedase en tierra si usase este medio. El trayecto en metro suele durar una hora y el vagón se va vaciando, pero prefiero quedarme de pie, teniendo en cuenta las muchas horas que me quedan sentado hasta llegar a mi destino final.

Me bajo de la L1 en Torrassa para tomar la L9Sud que me deja en la terminal. A pesar de que la estación solo acoge tres líneas, sus dimensiones son enormes. Para llegar a la L9sud se debe bajar cuatro grupos de escaleras mecánicas. Parece un hoyo sin fondo. ¿Cuánto tiempo habrán tardado en construir semejante obra?

Ya en la terminal, cedo ante el miedo y decido comprarme un cargador de móvil – últimamente me estaba fallando y quedarme sin batería en medio de El Hierro no es una opción. Pocas cosas relacionadas con el mundo de los viajes son más precarias que las colas de embarque con Ryanair. Una vez en el avión recibo una gran sorpresa. Mi asiento asignado aleatoriamente por la aplicación de la aerolínea era el 4B, en el medio. Cuando ya me había acomodado, una pareja se me acerca y me ofrece un jugoso cambio de asiento: el 16A, con sitio extra para las piernas y ventanilla. Acepto sin dudarlo, el viaje empieza bien.

Antes de despegar

Desde el cielo se ve el final del Guadalquivir, y a su costado, Doñana. Esta desembocadura solía representar el último contacto con la civilización occidental para los conquistadores más importantes de la época dorada de España. Por aquí salían los barcos que llegaban a Canarias y América, después de una larga travesía. Precisamente hoy, siglos más tarde tomo la misma ruta pero esta vez por el aire, no por mar. Por mucho que cambien los medios a lo largo del tiempo, jamás cambiará la geografía.

Tenerife desde el aire parece (es) mucho más verde que Gran Canaria. Aterrizo en el Aeropuerto de Tenerife Norte, rozando casi los tejados de las casas. El aeropuerto tiene una forma singular pero compacta e intuitiva. Después de comer algo, me dirijo a mi puerta de embarque, donde me sentaría una hora antes de coger mi último vuelo del día. Mis nervios aumentan. El Hierro apenas tiene 11.000 habitantes y es la definición de «lugar remoto». Mañana haría una de las mayores caminatas de mi vida por un camino potencialmente peligroso y lo peor de todo, lo haré solo. Tengo varios «planes B» en caso de que se tuerzan las cosas. Por si acaso reviso una vez más todo mi itinerario y hasta me descargo el sendero en Google Earth para evitar perderme mañana.

El avión es de hélices. No sabría especificar su modelo pero os podéis hacer una idea. El número de personas que sube conmigo es bastante reducido y el interior está organizado en filas de 2×2. Pronto me doy cuenta de algo: no hay aire acondicionado. Si en el Barcelona-Tenerife me estaba congelando ahora parecía estar en un horno. Los viajeros intentan poner histéricamente el chorro de aire superior que tampoco parece funcionar. Otros deciden usar la tarjeta de seguridad como abanico. Desafortunadamente, la calima nos impide ver el Teide. Había escogido mi asiento a propósito con la intención de ver el pico más alto del país pero tendría que quedar para la próxima. Sobrevolamos La Gomera en un suspiro. En tan solo 40 minutos llegamos a El Hierro, 20 minutos menos que el trayecto en metro de Barcelona al aeropuerto.

Aeropuerto Tenerife Norte

El Aeropuerto de El Hierro es muy pequeño. Solo opera vuelos al resto de las Islas Canarias y eso se nota en su tamaño. Tras bajarme del avión me subo a un mini bus que me llevará a Valverde. Por el acento deduzco que el conductor es extranjero, no me lo esperaba en El Hierro. En quince minutos llego a Valverde, la capital de la isla. Todo parece tranquilo, tanto que hasta incomoda. Me bajo a la vez que un chico de mi edad que también cogería un bus dos horas más tarde. Los habitantes de Valverde parecen conocerse los unos a los otros, parece como si todos tuviesen una historia entre ellos, un secreto o una broma que guardan y crea un círculo que me hace sentir desplazado, como un intruso en un grupo de amigos ya formado. Bajo una calle empinada y me encuentro con una papelera con lo que parece un gato muerto dentro. Decido entrar en un supermercado para ver qué se cuece dentro. La oferta es similar a cualquier supermercado peninsular, con la diferencia de que los precios son algo más altos. Me compro tres plátanos (deliciosos, por cierto) y salgo a explorar el pueblo.

Terminal de El Hierro
Panorámica de Valverde

La verticalidad del lugar me recuerda a los pueblos gallegos. El silencio tan solo se rompe con el espontáneo rugir de motor de algún coche que pasa. Llego a una hermosa plaza perfecta para observar el ayuntamiento y la iglesia. Me fijo en que hay muchos carteles indicadores de que alguna escena de la serie «Hierro» ha sucedido allí. Al parecer, desde el estreno de ésta, la cantidad de turistas ha aumentado considerablemente. Una vez más, vuelvo a escuchar un acento extranjero, esta vez portugués. ¿Por qué tantos en una isla de 11.000 habitantes que no es especialmente turística? Una vez salgo de la plaza siento que ya he visto todo lo que tiene que ofrecer el pueblo. Todavía queda una hora y media para que salga el bus. Valverde parece estar estancada en la España de los años 50′. No he vivido esa época pero tan solo basta con fijarse en los edificios y el estado de gran parte de la infraestructura. Es como viajar al pasado.

¿Qué es típico en la gastronomía herreña? Bien, tras una breve investigación, encuentro un dulce conocido como «quesadilla». Al leer su nombre se me viene a la cabeza las quesadillas mexicanas, pero al parecer no tiene nada que ver. Se trata de un bizcocho hecho con anís y queso herreño que fue acuñado por una familia de Valverde a principios del siglo XX. Al parecer, la tienda de la familia sigue en el pueblo y decido comprarme una de sus famosas quesadillas. Tan solo dos euros por casi 700 calorías, ¡así cualquiera gana peso!

De camino a la estación de guaguas me encuentro con la oficina de turismo. Como todavía me sobra tiempo, decido entrar a contarle mis planes de viaje a la empleada. Me recibe Andrea, que resuelve amablemente mis dudas sobre el sendero que realizaré mañana. Me explica que está bien señalizado y que aunque es físicamente exigente, está libre de peligros y su belleza es indescriptible. Sus palabras me calman. Justo cuando me iba a ir, Andrea se da cuenta de algo. Estamos en plena alerta por ola de calor, y en estas situaciones los senderos suelen cerrarse. Me quedo de piedra, todo mi plan en El Hierro se basaba hacer esa ruta. Tras dos llamadas con el director de extinciones, me confirma que finalmente el sendero sí que estaría abierto pero que debería avisar a las autoridades de mi salida y llegada en caso de que algo me pasara. Respiro aliviado, le doy las gracias y me voy con una sonrisa de oreja a oreja.

Digo adiós a Valverde y me dirijo a la estación de autobuses donde unos lugareños me dan indicaciones. Voy en buen camino.

Iglesia de la Concepción
Vistas desde Frontera

Tras atravesar un túnel llego a una zona conocida como El Golfo. Su belleza es indescriptible. De las empinadas cumbres desciende una extensión relativamente llana de tierra donde se ha asentado gran parte de la población herreña. El paisaje humano y natural me recuerda a Santorini, pero aquí todo es mas auténtico y la bendita condena del turismo masificado todavía no ha llegado. Tras bajar de la guagua, me quedo mirando fijamente la imponente montaña que tendré que subir mañana. Mis vistas son interrumpidas por un grupo de paracaidistas que descienden lentamente desde las cumbres de la isla. Quedo con la dueña de la Pensión «El Guanche» afuera del establecimiento. El sitio, aunque siguiendo la línea de la isla, algo anticuado cumple con mis expectativas: por tan solo 25€ estaré hospedado al inicio del camino que tomaré mañana. Es más, me atrevería a decir que este toque anticuado le da más valor y autenticidad al viaje. Me ducho para ayudarme a lidiar con el calor, al menos momentáneamente y salgo rumbo a la costa.

Ando apenas 45 minutos por una carretera preciosa. Si sigo sacando fotos voy a acabar con la memoria de mi móvil. El mar bate fuertemente la costa de la isla. Las playas de roca negra son prácticamente inaccesibles, con barrancos altísimos y ninguna forma de bajar a tocar el agua. Aprecio durante unos minutos la soledad, la tranquilidad y el olor a mar de ese lugar. A menudo pienso: si la teoría de la «media naranja» en el amor fuese cierta, ¿existiría algo como tal con los lugares? Porque perfectamente podría ser este. A la vuelta dos hombres en un coche deciden pitarme para llamar mi atención de forma cobarde. Me paro y reflexiono sobre qué diferente habría sido mi viaje si fuese una mujer. Quizás ni me hubiese atrevido a viajar.

La temperatura es la ideal y la calma, después de varios meses sin salir de Barcelona parece irreal. El sol se empieza a esconder y el hambre asoma.

Mi cena fue en un restaurante italiano, la pizzeria El Horno de Maeese. El establecimiento vende en su mayoría para recoger y comer a domicilio. De todas formas, cuenta con dos mesas por si alguien decide comer en el local. Pedí una focaccia y una pizza «4 quesos». Debió ser que estaba acostumbrado a Barcelona pero las porciones fueron enormes. Incluso pensé durante un momento que la focaccia era la pizza. El sabor era espectacular y no dudé en comentárselo a los trabajadores del sitio. Agradecieron mis palabras y el que parecía ser el «jefe», italiano, me invitó a un chupito. Tras una conversación acerca del turismo en masa y la peculiaridad y valía del Hierro puse rumbo a la pensión, sin batería en el móvil y sin mapa para guiarme en la noche. Tras dudar varias veces de si estaba tomando el camino indicado, consigo llegar. Menudo día. Mañana tengo un gran reto por delante y necesito descansar. Hago una checklist para mañana: comprar agua, comprar protector solar y llamar a emergencias.

Focaccia 10/10

Pasé una de las peores noches de mi vida. Me desperté cinco veces bañado en sudor. No podía dejar de beber agua, estaba completamente deshidratado. La focaccia y la pizza de ayer estaban pasando factura. Tuve pesadillas con lo que me pudiera pasar en la ruta. Hasta cogí el móvil para ver un vídeo de cómo defenderme ante perros callejeros. Finalmente decido levantarme antes de que suene la alarma y tras hacer unos ejercicios para despertarme, me doy una ducha que me da la vida. Antes de partir, voy al súper a por provisiones: un batido de proteínas, cuatro botellas de agua y unas galletas. Además, compro tres plátanos que me tomo junto a la quesadilla que había comprado ayer. Delicioso. Acto seguido llamo al número que me había dado Andrea ayer para avisar de mi partida. La suerte está echada.

Inicio del ascenso

La subida es increíblemente empinada, llena de arañas, abejorros y plantas hermosas a la vez que hostiles. Un urbanita como yo tarda en acostumbrarse al sendero. A medida que subo la frondosidad del bosque aumenta. Paso de viñedos a un bosque de laurisilva. Pronto empiezo a chorrear de sudor y mis piernas se ensangrientan. Cuanto más subo más empinado y menos claro se vuelve el camino. Parar para retomar aliento a menudo no es una opción debido a la gran cantidad de abejorros y otros insectos que amenazan con atacarme. Finalmente llego a la carretera y tras volverme a meter por un sendero de tierra, encuentro la Ermita de San Salvador. Un tétrico templo que parece haber sido excavado en la ladera de la montaña. Aunque es muy fotogénico y me hubiese gustado quedarme a sacar más fotos, el aura maligna que se respira en el lugar se apodera de mi miedo y decido continuar con mi camino. Hasta ahora no he encontrado a ninguna persona y dudo que lo haga.

Tras dejar atrás la ermita, me encuentro en una zona sin vegetación y con un suelo de pequeñas piedras negras. Desde aquí disfruto de una gran panorámica de la cara norte de la isla. Ni las palabras ni las fotos pueden describir la grandiosidad del paisaje. Vuelvo llegar a la carretera, al que sería el punto más alto al que llegaría en todo el viaje y me encuentro con una terrible escena: el resto del camino estaba cerrado con una cinta de plástico, tal y como asumió Andrea, la chica de la oficina de información turística. Me siento un rato para descansar y comer algo. No tengo cobertura y me veo con una sola opción: carretera.

El camino por carretera es el doble de largo que el sendero. A medida que voy bajando el paisaje cambia y el bosque laurisilva se transforma en un pinar sin fin. El camino es monótono pero me entretengo escuchando música y jugando al fútbol con las piñas caídas. En un momento del trayecto me encuentro con un gorrión en medio de la carretera. Estaba enfermo, no podía moverse y mucho menos volar. Intento llamar al número al que llamé para avisar de mis planes de viaje para ver si se podían hacer cargo del animal pero sigo sin cobertura. Por un momento se me ocurre meterlo en mi mochila pero eso solo lo acabaría de matar. Decido apartarlo de la carretera y dejarle un trozo de galleta salada machacada. El resto de mi camino hasta Tabique me lo paso pensando en si habré hecho la decisión correcta con el gorrión. 

Tabique es distinto a Valverde o Frontera. Sus calles son empinadas, estrechas y coloridas. Lo que más me llama la atención es su gente. Parece como si hubiese un «microclima social». Es algo difícil de explicar, pero parece como si todos se conociesen y como en Valverde, mi llegada parece alterar la armonía del sitio. Me meto en el primer bar que veo y pido un bocadillo de tortilla. Está magistral, ¿por qué todo en El Hierro sabe tan bien? En la tele suena música de hace una década. Parece como si todo estuviese detenido en el tiempo aquí. Mientras me zampo el bocadillo tomo una decisión: como el siguiente bus a La Restinga no pasa hasta las 19:00, iré andando hasta allí. Todavía me quedan fuerzas y tan solo serán dos horas por otro sendero. Eso sí, ahora no habría sombra y el sol me dará de lleno. Tan solo me queda una botella de agua pero pediré una más en el bar. Una vez más, la suerte está echada.

Dejo atrás el paisaje de pinos y llego a un campo mediterráneo que me recuerda a Malta. El camino está maravillosamente señalado y no es muy exigente, no me paro a descansar ni una vez en las dos horas que tardo en llegar a La Restinga. Mi paseo solo se ve interrumpido por mi miedo irracional a que aparezca un perro callejero. Traumas de Camboya. A medida que avanzo, dejo el seco campo mediterráneo y me adentro en un paisaje dominado por la piedra negra volcánica, una vegetación exótica para mis ojos y un fondo de pequeños volcanes que ondulan la superficie. Por fin llego a La Restinga, la ciudad más meridional de España y la UE (sin contar territorios y colonias). Evito meterme en el pueblo (todavía) y me dirijo por otra carretera al hotel que presume ser el más meridional de Europa. Me recibe un amable ruso que no habla español, otro extranjero más en El Hierro, definitivamente tengo que estudiar este caso. La habitación es espectacular, muy espaciosa y luz por todas partes. El hotel por fuera también es precioso, el color azul del edificio se funde con el azul del mar y unos gatos naranjas merodean por las barandillas.

Tras darme una ducha para quitarme la capa de suciedad de las caminatas, decido ir a dar una vuelta por el pueblo. Recorro el rompeolas hasta llegar al monumento que me indica que soy la persona en territorio europeo más al sur. En mi camino al centro del pueblo paso por una pequeña cala de arena negra. El agua está gélida pero mojo los pies. Mi idea era ir a un supermercado para comprar algo de comer e irme al hotel pero acabo tentado por los restaurantes y me tomo unos calamares, que no tienen nada que envidiarle a los gallegos. 

Hasta aquí mi viaje, mañana tendré que tener suerte y coger tres buses seguidos para no pagar 60€ por un taxi al aeropuerto. El Hierro ha sido de lejos una de mis mayores descubrimientos, jamás pensé que me lo pasaría tan bien aquí. Por suerte todavía no hay excesiva infraestructura turística y mantiene su esencia: buena comida, gente amable y paisajes vírgenes. Mis vivencias aquí las recordaré por siempre y estaré atento por si me surge la oportunidad de volver. El punto más al sur de España es también el más encantador. Hasta pronto, El Hierro. De todos modos, la aventura no acababa aquí…

Cuando pensaba que mi día de regreso sería simple y aburrido me estaba equivocando. Me levanto a las 5:40, me ducho, desayuno y salgo de mi hotel para encontrar el primer bus de los tres que tengo que coger para llegar al aeropuerto. Por algún motivo, no tengo cobertura. El viento sopla con fuerza y el pueblo está dormido todavía. No se ve un alma por la calle. Los edificios blancos se distinguen gracias a las pocas luces que iluminan las calles. Tengo un dilema: la información que encontré ayer en Google no era suficiente y no indicaba con exactitud dónde se encontraba la parada. Me empiezo a agobiar mucho, sigo sin cobertura y la hora de salida del bus se acercaba. Distingo a lo lejos hacia el final del pueblo una pequeña flota de buses pero no hay señales de que haya nadie. Decido sentarme en un banco para valorar mis posibilidades cuando de pronto veo un coche acercarse a los buses. Es mi oportunidad. Una chica sale del coche y se dispone a entrar a un bus, yo, a 15 metros le pregunto si el bus va a Tabique. La chica, que no esperaba ver a nadie a esa hora, pega un grito del susto. Tras disculparme, me confirma que este es el bus indicado. El trayecto a Tabique es precioso, el amanecer deja ver a lo lejos el Teide, en la isla de Tenerife. 

Al llegar a la pequeña localidad pasamos por el bar en el que ayer, exhausto de la caminata, me había tomado el bocadillo de tortilla. Estaba abierto y parecía que los clientes no se hubiesen movido desde ayer. El bus de la chica es el mismo que me lleva a Valverde así que respiro aliviado. Aprovecho para preguntarle si tiene cobertura. Me explica que aparentemente se estaban llevando a cabo labores de mantenimiento en la línea que conecta la Gomera y El Hierro. Deberían haber acabado de madrugada pero al parecer todavía estaban solucionando el problema. La isla entera estaba sin cobertura, desconectados mientras tanto del resto del mundo. Si no llego a coger el bus, tampoco podría haber llamado a un taxi y habría perdido los dos vuelos. La catástrofe económica que me habría supuesto esta pérdida de cobertura hubiera sido colosal. A medida que vamos descendiendo hacia Valverde, nos adentramos en un mar de nubes, que unido a la luz horizontal del sol crea un espectáculo visual digno de un sueño. Al llegar a la estación de Valverde, me bajo a hacer el transbordo y una mujer se pone a tocar el ukulele. Aunque la situación de alguien tocando el ukulele en una estación de buses de El Hierro con un total de 10 personas a las 7:30 sea extraña, la canción es bonita y la mujer canta bien. Como por arte de magia, en cuanto acaba la canción, consigo unos segundos de cobertura y me llegan todos los mensajes de golpe. Después vuelvo a estar incomunicado.

Tras llegar a Barcelona y echando la vista atrás, puedo concluir que mi viaje a El Hierro ha sido de los más especiales de mi vida. En tan solo 40h, he tenido la oportunidad de recorrerme la isla de punta a punta andando. He comido como nunca, he atravesado paisajes distintos, he conocido a gente encantadora y he descubierto una parte de mi país que jamás pensé que visitaría. De todas formas, el potencial de la isla debe permanecer escondido: la clave de su encanto es su autenticidad. Tal y como lo compartí con el italiano de la Pizzeria «El Horno de Maese», el turismo en masa mengua la calidad de la comida y aumenta los precios. Esto se puede aplicar a todo lo demás. Una experiencia turística en una zona masificada infla los precios y crea una experiencia mucho más artificial. Tendré esto en cuenta para mis futuros viajes. Si todo sale bien, en septiembre iré a Gambia. Ojalá encontrar la misma sensación que la que tuve en El Hierro. 

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¡Gracias por leer y nos vemos en la próxima!

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