El viaje comienza incluso antes de despegar. En la puerta de embarque W43 destino Iasi en la Terminal 2 del aeropuerto de Barcelona se puede escuchar el melódico sonido del ucraniano. Alrededor de 2,1 millones de ucranianos ya han vuelto a casa desde su éxodo tras los primeros compases de la guerra, en la que el ejército ruso atacaba por casi todos los flancos. Ahora, con el conflicto estancado en el este y sur del país, son muchos los que deciden volver a Ucrania.

Iasi es la capital de la Moldavia rumana. Es de las ciudades de la UE más cercanas a la frontera ucraniana y con un aeropuerto internacional funcional. Es por eso que es el puerto elegido por muchos refugiados para emprender su viaje de vuelta a casa, normalmente cruzando a Moldavia y de ahí, a Ucrania.

El vuelo llega media hora antes de lo previsto, a las 0:40, así que asumo que me dará tiempo a llegar a la estación de autobuses para coger el bus nocturno a Chisinau. Antes de bajar de mi Uber le pregunto al conductor si la estación está abierta: “no way”, responde, y me bajo sin saber muy bien que hacer. La estación está sin luz pero me adentro al parking. Allí están descansando tres trabajadores ucranianos. Uno me dice amablemente que el bus saldrá desde la calle de afuera. 

El caótico aeropuerto de Iasi

Allí me encuentro con Alina, una chica ucraniana de mi edad que se dirige también a Chisinau. Decidimos preguntarle a más gente de dónde saldrá el bus y nos indican otro punto. Una vez allí y tras un par de confusiones tengo tiempo de hablar con ella mientras esperamos al bus. Alina es de Odesa. Tras el inicio de la guerra fue a parar a Alemania. Me explica que muchos de sus amigos están repartidos por toda Europa — la mayoría se quedaron en Polonia y Alemania pero su mejor amiga ha acabado en Portugal. Su intención es pasar una semana en Odesa para ir a recoger algunas cosas y visitar a su familia. Detrás nuestra, un grupo de hombres que no inspiran mucha confianza esnifan pegamento. La noche en Iasi es más inquietante de lo que me esperaba.

El bus finalmente veinte minutos más tarde de lo esperado y ponemos rumbo a Chisinau. Moldavia es el segundo país menos visitado de Europa (solo por detrás de Liechtenstein) y tras el inicio de la guerra, el pocoEl camino por las carreteras comarcales es lento e interminable. Tras casi hora y media en ambos lados de la frontera y gracias a la traducción de Alina conseguimos entrar finalmente en Moldavia. Tan solo son las 04:30AM pero ya asoma el sol.

Amanecer en el medio de Moldavia

Hace tan solo 15h, Pedro Sánchez llegaba a Moldavia en lo que ha sido la primera visita oficial de un presidente español a la república ex-soviética. Sánchez tuvo tiempo para reunirse con la presidenta, visitar un campo de refugiados e incluso anunciar la futura apertura de una representación diplomática en el país.

El bus me deja en la estación sur de Chisinau, a unos 50mins andando del centro de la ciudad. Todavía son las 6AM y estoy aturdido del caótico viaje en autobús. algo tengo claro – necesito dormir. Tras despedirme fugazmente de Alina, pongo rumbo al centro de Chisinau. El paisaje de Moldavia está salpicado por colinas y árboles. El amanecer había sido un espectáculo aunque no había sido capaz de mantenerme despierto por cinco minutos seguidos.

El bus al centro de la ciudad cuesta el equivalente a diez céntimos. Moldavia es el segundo país de Europa con menos turistas,  lista que encabeza el minúsculo Liechtenstein. Ahora, debido a la guerra, ese número se ha visto reducido incluso más. Muchas páginas de exteriores de todo el mundo recomiendan tajantemente no visitar Moldavia ya que el riesgo de una invasión rusa es más alto que nunca. 

El minúsculo arco de triunfo moldavo

Tras el comienzo de la guerra en Ucrania, el gobierno moldavo supo exactamente qué hacer y el riesgo que suponía la invasión. El 24 de febrero el Parlamento declaró el estado de emergencia temiendo que Rusia utilizase a sus soldados en el territorio de Transnistria para acometer una invasión 2 en 1. Aunque el ejército ruso no ha sido capaz de llegar por el sur hasta Transnistria y se ha quedado estancado en Jersón, el miedo a una invasión es real. En abril las noticias abrieron con el caso de unas explosiones “terroristas” en el aislado territorio independiente “de facto”. Las tensiones empezaron a aumentar cuando ese mismo mes, uno de los generales rusos de mayor importancia declaró que “ganar control sobre el sur de Ucrania proveería una puerta a Transnistria”, cuya población rusófona, según el Kremlin, también sufre una opresión histórica.

El tema de Transnistria da para mucho. La pequeña república separatista se independizó “de facto” tras una corta guerra contra Moldavia en el marco de la desintegración de la URSS. De hecho, la ciudad de Chisinau ha sido nombrada varias veces como la “ciudad más fea de Europa” por su estilo soviético, “completamente frío y sin vida”.

Sin embargo, Chisinau me resulta una ciudad bastante habitable. Ha recibido varias veces el mote de “la ciudad verde” lo cual se refleja en la exuberante vegetación que cubre toda la ciudad y le da un toque alegre en contaste con la arquitectura brutalista. La influencia de la URSS ha dejado marca en la capital de Moldavia — los nombres de las calles se corresponden a antiguas celebridades soviéticas y la mayoría de las tiendas están doblemente rotuladas en rumano y ruso. Por la calle se escucha una proporción equitativa de ambas lenguas, aunque si que es cierto que la llegada de cientos de miles de refugiados de Ucrania puede haber inclinado la balanza hacia el ruso. 

De todas formas, la mayoría de reportes indican que el moldavo sigue siendo la primera lengua de uso mientras que el ruso ostenta una fuerte segunda posición y casi todo el mundo es capaz de entenderlo y hablarlo. Esta división lingüística viene a menudo acompañada de una división política. El gobierno moldavo desde su independencia ha intentado “rumanificar” el país, dejando el rumano como única lengua oficial y haciendo esfuerzos de parte de las instituciones para promover la lengua. Esto ha enfurecido a parte de la población rusófona que ve sus derechos lingüísticos reducirse poco a poco. De hecho, al gobierno moldavo le suele costar inclinarse hacia la occidente ya que existe una fuerte oposición prorrusa. El acercamiento hacia la Unión Europea en el marco de la guerra en Ucrania ha sido aceptado por gran parte de la población, sin embargo todavía existe una fuerte voz a favor de Rusia que podría incrementar las divisiones entre ambos bandos.

Catedral de Chisinau

El Museo de Historia Nacional cuesta 50cent para estudiantes recoge brevemente el recorrido del país desde asentamientos griegos hasta los tiempos soviéticos y la independencia. Chisinau no pasó desapercibida en la historia rusa. El famoso escritor Pushkin vivió en la capital moldava y fue allí donde escribió algunas de sus primeras obras. La antigua casa del escritor todavía se conserva y ha sido transformada en un museo. La entrada para estudiantes cuesta 25cents y cubre toda la exposición. Ludmila, una trabajadora del museo apasionada por la literatura y la biografía del autor se me acerca y procede a explicarme durante media hora en ruso algunos secretos de la exhibición. Aunque no soy capaz de entender absolutamente todas las palabras, mi breve educación en el idioma me permite enterarme de los puntos más importantes. Ludmila se presta incluso a darme indicaciones para algunos lugares poco conocidos que cree que me gustarán. La hospitalidad moldava es reconfortante.

Museo Nacional de Historia de Moldavia

El mercado central es probablemente el más grande que jamás haya visto en Europa del Este. Los puestos llenos de fruta de temporada y objetos varios se extienden hasta donde llega la vista. Los precios de Moldavia son los más bajos que he visto en Europa. Al intentar comprarme unos dulces, la señora atendiendo el puesto me dice que no me los puede vender porque la cantidad que he pedido no llega ni a los 20 céntimos de euro. La arquitectura brutalista me da la bienvenida al núcleo de la ciudad durante la URSS. Los edificios altos de forma abstracta se alzan a ambos lados de las anchas avenidas. La estación de tren es pequeña pero está bien cargada de detalles soviéticos.

Mercado Central de Chisinau

La mitad del territorio de Moldavia está rodeada por Ucrania, es por eso que ha sido uno de los destinos por excelencia elegidos por los refugiados que escapan de la destrucción rusa. Se estima que entre 400,000-500,000 han buscado cobijo en territorio moldavo. Esto supone casi 1/4 de la población actual de Moldavia. Semejante proporción está suponiendo un gran esfuerzo para las autoridades locales que aún siendo uno de los países más pobres del continente, luchan por acoger a todos los desplazados. De todas formas, no están solos en esto.

La Unión Europea es la mayor contribuidora al financiamiento del campo de refugiados “MoldExpo”, en el recinto ferial de Chisinau. Actualmente es el campo de refugiados más grande del país dando cobijo a “” personas. La entrada se encuentra cerca de un apacible parque con un lago y varias atracciones. Ahora que llega el verano, el sitio está lleno de vida. El parque está lleno de ucranianos que intentan llevar una vida normal lejos del terror que conlleva el tener que huir de casa. Todos ellos proceden de regiones distintas del país: los que viven en la parte occidental ya piensan en su regreso mientras que los desafortunados habitantes del este y sur de Ucrania cuentan los días para que la ofensiva rusa acabe de manera definitiva y rezan por sus conocidos que no han salido de la zona.

El centro de refugiados ucranianos en el recinto ferial MoldExpo

De forma casi irónica, a escasos metros del centro de refugiados, se encuentra un mausoleo de Lenin. En él se pueden conocidas caras como la de Marx o el propio Lenin. Muchos países después de independizarse de la Unión Soviética, decidieron cortar con el pasado de forma tajante. Moldavia fue uno de ellos, sin embargo, siempre se pueden encontrar reliquias como esta. En la explanada en la que se encuentra el Mausoleo, algunos ucranianos aprovechan para hacer un picnic mientras que otros deciden activar su cuerpo para jugando al bádminton o patinando. Recientemente Putin ha declarado que Ucrania es una invención de Lenin y el nacionalismo ucraniano es completamente artificial.

Monumento a Lenin junto al busto de Karl Marx

El día siguiente y tras dormir doce merecidas horas pongo rumbo a mi objetivo final del viaje. Tras la disolución de la Unión Soviética, Moldavia se tuvo que enfrentar a grandes retos debido a que su territorio lo formaba un rompecabezas étnico con muy diversas opiniones sobre el futuro político del país. En el 89’, durante las negociaciones de cómo sería la independencia moldava, una gran opción sobre la mesa era una unión con Rumanía. Esta opción asustaba a la población rusa, que temía por el estatus de su lengua y una posible “rumanificación” forzosa que acabase con su identidad cultural.

Por ese motivo, la franja de Transnistria, entre Ucrania y el Dniéster, la cual había sido anexionada a Moldavia dentro de la URSS después de la Segunda Guerra Mundial, se declaró independiente. Lo que vino después fue una dura guerra entre Transnistria (apoyada por fuerzas rusas, todavía en el territorio), y el nuevo estado moldavo. Finalmente los separatistas lograron la victoria y la franja se mantiene a día de hoy como una república independiente “de facto”, ya que no tiene ningún tipo de reconocimiento internacional.

Tras el inicio de la Guerra en Ucrania, el foco de atención ha vuelto a este territorio de casi un 95% de población rusa, el cual aloja a aproximadamente 1,500 tropas alineadas con el Kremlin. La retórica de Putin de “proteger” a esas regiones que aparentemente sufren la opresión de los gobiernos centrales forzándoles a adoptar otra lengua y cultura también se puede aplicar aquí. De hecho, uno de los generales rusos de mayor importancia declaró que el objetivo final de Rusia debería ser consolidar la conquista del sur en Ucrania para poder llegar a Transnistria.

En abril las páginas web de varios ministerios de exterior de países occidentales instaron a salir inmediatamente a sus ciudadanos que estuviesen visitando Transnistria tras una serie de explosiones en Tiráspol, la capital. El riesgo de un conflicto armado en Transnistria es más inminente que nunca y Moldavia lo sabe mejor que nadie. 

Transnistria ha ganado popularidad en los últimos años y se ha convertido en un santuario para aquellos que quieren ver una aproximación de cómo era la vida en la antigua URSS. Sin embargo, Transnistria no fue el único territorio que se independizó de Moldavia durante la disolución de la Unión Soviética. En el sur de Moldavia se encuentra Gagauzia, una región en la que vive un grupo étnico de origen incierto. Los gagaúzos vienen de la familia túrquica, con  grandes lazos y similitudes con otros grupos como los turcos, azerís o kazajos. Se estima que emigraron de una zona cercana al lago Baikal en el siglo XIII y tras numerosas deportaciones y movimientos masivos debido a las guerras ruso-otomanas establecieron en el sur de Besarabia, su actual territorio en el 1846. Al contrario que sus primos túrquicos, los gagaúzos son cristianos ortodoxos y son, por lo general, bastante practicantes. Esta información, de todas formas, es confusa y no hay un consenso acerca de los verdaderos orígenes.

Monumento a los veteranos de la guerra de Afganistán en la capital Gagauzia, Comrat.

Los gagúzos hablan gagaúzo, una túrquica muy similar al turco o al azerí, que se transmite principalmente de forma oral generación tras generación. Por lo general, el rumano no se habla lo más mínimo mientras que el ruso es la segunda lengua de prácticamente todos los gagaúzos y la lengua que se usa en la administración pública. Gagauzia, como Transnistria, temía que una posible unión de Moldavia con Rumanía pudiera hacer desaparecer su lengua y cultura ante la imposición del rumano. Por eso decidieron también declarar la independencia. Sin embargo, tras muchas negociaciones, Gagauzia aceptó unirse de forma pacífica con Moldavia en el 2004-2005 en forma de región autónoma con un estatus especial.

Gagauzia, como Transnistria, apuesta por por una política más cercana al Kremlin y no a Europa. Esta diversidad de opiniones dentro de Moldavia ha impedido a su gobierno posicionarse firmemente en contra de la Guerra en Ucrania. Al contrario que en Polonia, no se ven banderas ucranianas ni carteles de apoyo a Ucrania por la calle. En cambio, el gobierno moldavo ha apostado por una sutil diplomacia, acogiendo a cientos de miles de refugiados y apostando por la paz, sin posicionarse explícitamente. Sin embargo, Moldavia ha enviado recientemente su solicitud de adhesión a la Unión Europea. Esto es percibido por las regiones pro-rusas como una amenaza a su identidad cultural y valores políticos, lo que ha favorecido a profundizar la división del país.

Es domingo por la mañana y en el bus que va a la estación del sur de Chisinau no cabe un alfiler. Tras localizar mi bus gracias a la ayuda de un conductor, me subo en el que probablemente sea el autobús más acogedor en el que haya estado jamás. El conductor me recibe con una sonrisa y los pasajeros hacen lo que pueden por explicarme lentamente en ruso cuánto tengo que pagar. Supongo que no verán turistas muy a menudo y ver a un extranjero queriendo ir a su región les hará ilusión. Al decirles que estoy estudiando ruso dibujan se sorprenden y me agradecen que me esfuerce en aprender su lengua. Tras subirme, el bus arranca dirección sur por las carreteras comarcales de Moldavia.

Un gran cartel en el que se lee “Gagauz-Yeri” me da la bienvenida a Gagauzia. En el museo nacional de Gagauzia tengo la oportunidad de conocer a Georgi y Vladislav dos abuelos encargados del museo, que se muestran curiosos por saber de donde vengo. Tras decirles mi nacionalidad, proceden a preguntarme por la cuestión catalana. Después de explicarles en mi pobre ruso cómo está la situación, decido devolverles la pregunta: “¿quieren ustedes que Gagauzia se independice?”. Vladislav, que parece ser el más entusiasmado por el estado de su región, me comenta que mientras que Moldavia no les quite su autonomía, ellos estarán contentos. De todos modos, advierte, si Moldavia intenta unirse con Rumanía o modificar el estatus de la autonomía entonces tendrán que pedir ayuda a Rusia para un referéndum de autodeterminación. Aproveché para preguntarles qué les parecía la solicitud de adhesión a la EU por parte de Moldavia. Vladislav dice que aquí lo ven con buenos ojos debido a que podría darles mucho dinero para desarrollar la región.

Catedral de Comrat

Georgi me hace un tour guiado en ruso por el museo. Me explica un poco más de los orígenes de los gagaúzos. Puede entender al 100% el idioma turco y mantienen buenas relaciones con Turquía. Me comenta que Erdogan ha financiado el estadio de la ciudad y en el pasado Turquía también financió un proyecto de creación de un lago y su respectiva canalización para suministrar agua limpia a la región. El involucramiento de Turquía en Gagauzia impulsado por un sentimiento pan-túrquico es evidente. Al llegar a la zona de la Unión Soviética, Georgi decide mojarse respecto al tema de la Guerra en Ucrania: “la guerra en Ucrania es innecesaria y Putin ha hecho mal; los ucranianos, rusos, moldavos y gagaúzos siempre hemos sido hermanos, no hay justificación”. Añade: “pero el fascismo todavía no ha sido derrotado, el oeste de Ucrania está lleno de nazis y lo mismo pasa en el resto del continente, tenemos que derrotarlo antes de que sea demasiado tarde”. El museo exhibe varios datos y objetos antiguos de la región, y aunque sea pequeño, está bien nutrido. Al llegar a una foto de la actual presidenta de Gagauzia, Irina Vlah, comenta: она как Маргарэт Татчэр! (¡es como Margaret Thatcher!). Georgi me me insiste en que él entiende el turco al 100%: “¡el turco y el gagaúzo son prácticamente la misma lengua!”, dice. Gagauzia todavía conserva muchas tradiciones túrquicas, inclusive las relacionadas con las propuestas matrimoniales y las bodas.

Georgi, mi guía en el museo, posando con una bandera de Gagauzia

Comrat, la pequeña capital de Gagauzia tiene todo lo que se le puede pedir a una capital regional. La calle “Lenin” es la arteria principal de la ciudad, donde se encuentra el museo. Cerca, en un precioso parque cuidado al milímetro se impone la Catedral de Comrat, construida en el siglo XIX. El resto de la ciudad es una mezcla de edificios gubernamentales, bloques de edificios soviéticos, supermercados modernos y alguna que otra sorpresa como una estatua del propio Lenin. El estado de las calles y las incontables casas abandonadas es desastroso. Es por eso que se puede ver algo de ayuda al desarrollo por parte de potencias extranjeras como Turquía y, sorprendentemente, Estados Unidos, a través del programa de su programa USAid.

El lamentable estado de algunas construcciones

No tengo suerte con el autobús de vuelta — esta vez el conductor tiene poca paciencia. Enlatado como una anchoa, llego finalmente a Chisinau, donde tendré que esperar dos horas antes de coger el autobús que me llevará de vuelta a Iasi. Mañana a las siete de la mañana me sale el vuelo de vuelta a casa.

El futuro de Moldavia a día de hoy es incierto. Si bien a la ofensiva rusa le está costando pasar de Odesa hacia el oeste, el miedo a una invasión es real. Aún así, el país más pobre de Europa ha hecho lo imposible por acoger a todos los refugiados que ha podido y mantener una perfecta diplomacia entre Occidente y Rusia. Moldavia tiene futuro, pero tiene que tomar una posición firme. A día de hoy, ser neutral en Europa no es una opción y desde luego no es rentable para un país que necesita una importante inyección recursos para estimular su economía. Los próximos años serán clave para el futuro de la pequeña nación y los escenarios son varios — lo que está claro es que Moldavia y su gente tendrán un sitio en mi mente para siempre. Multumesc, Moldavia!

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