Explorando la Riqueza Cultural de Turkmenistán

El zumbido del motor del avión marcó el inicio de una aventura inolvidable hacia las tierras misteriosas de Turkmenistán. Partiendo desde Almaty, el paisaje montañoso se desvaneció gradualmente bajo las alas del avión, dejando espacio a un horizonte ilimitado, presagiando un destino lleno de maravillas.

En el avión que me llevó a Turkmenistán, el rostro del presidente se convirtió en un símbolo que guiaba mi viaje, recordándome la extrañeza de este país y su legado soviético. Las fotos están tomadas con un viejo teléfono, a fecha de 2016, por lo que no esperéis calidades increíbles.

Tras aterrizar en la exuberante ciudad de Ashgabat, opté por sumergirme en la autenticidad local. Decidí alejarme de los caminos turísticos convencionales y encontré un tesoro en la forma de Couchsurfing: una estancia en la casa de un anfitrión local. La calidez y la generosidad del anfitrión (Igor y Sabina, os mando un saludo), me recibieron como a un miembro perdido de la familia. Las historias sobre la vida cotidiana en Turkmenistán, compartidas en esas paredes acogedoras, enriquecieron mi viaje con una perspectiva única y auténtica.

Los días en Ashgabat se convirtieron en una exploración de contrastes asombrosos. Desde la modernidad futurista de sus edificios y avenidas hasta la riqueza cultural impregnada en sus museos y mercados tradicionales, cada rincón resonaba con la historia y la identidad arraigada en esta tierra. Sabina, mi anfitriona, todavía volvía del colegio (sí, tenía unos 16 años) y llevaba siempre un vestido característico del país centroasiático.

Los días se deslizaron con una gracia inesperada, explorando las maravillas históricas de Merv y las arenas doradas del desierto de Karakum. Cada rincón revelaba una historia antigua, sumergiéndome en la grandeza y el misterio de las civilizaciones pasadas que habitaron estas tierras.

Por poner un poco de contexto para el lector, Turkmenistán es el segundo país más cerrado del mundo, por detrás de Corea del Norte, y os voy a explicar por qué. Con cinco millones de almas y heredero de la antigua URSS, con las riquezas del petróleo y el gas acariciando sus costas, se erige como un relicario de un comunismo autoritario atemporal. Tanto es su aura singular que los propios lazos de la historia demandan visado incluso a aquellos provenientes de la misma tierra que una vez fue su hogar (Rusia): un lugar donde los límites son fronteras entre realidades, donde cada paso es una danza entre el pasado y el presente.

Entre las fronteras que abrazan sus territorios, Turkmenistán se alza majestuoso, un vínculo entre mundos. Desde sus límites con Afganistán, Uzbekistán, Irán y Kazajistán, emerge una tierra donde Asghabad, la ciudad del mármol blanco, se erige como joya de una nación enigmática. En medio de un 80% de desierto, se yerguen hogares donde el agua, la luz y el calor del hogar son regalos de la vida cotidiana (subvencionados por los ricos yacimientos de hidrocarburos).

Atravesando la realidad, una narrativa única toma forma: aquí, las puertas al mundo exterior son escasas y las excepciones se cuentan. Las restricciones pintan un cuadro de convicciones arraigadas, donde el aire se purifica de humo, prohibiendo el hábito de fumar tras un incidente que cambió el curso del comercio de tabaco. Un capítulo singular en su historia, donde el monopolio estatal se vio desafiado por un episodio que llevó al gobierno a redefinir las normas, limitando la venta de tabaco y su consumo, un rasgo distintivo en el tejido cultural de esta tierra de contrastes y singularidades.

Tal evento no fue otro que una pelea masiva entre compradores en un alborotado estanco de la capital, tras la cual el gobierno decidió prohibir tajantemente la venta de tabaco en el país. Sin embargo, se permite llevar tabaco, por lo que le obsequié a mi anfitrión con unos paquetes de Marlboro comprados en el aeropuerto en Kazajistán.

El explorar las imágenes de Ashgabat, es como adentrarse en un lienzo donde la soledad pasea por calles desiertas, evocando la tranquilidad de un atardecer en Pyongyang. Una sensación extraña, sí, pero en cada rincón, la impecable pulcritud y el esplendor de sus calles relucen con un encanto digno de las más bellas ciudades europeas.

El mármol blanco, como pinceladas de elegancia, se alza como el hilo conductor de este paisaje urbano, tejiendo una armonía arquitectónica que deslumbra en cada detalle capturado por la lente. Es un testimonio visual de la grandiosidad construida con la pureza del mármol, donde cada edificio parece una obra maestra esculpida por la mano de la excelencia y la meticulosidad.

La fascinación por la puerta del infierno, un pozo de gas encendido por la mano humana, es un viaje que despierta la curiosidad más profunda. Un relato surrealista de la historia, donde la chispa soviética encendió una llama que desafía el tiempo.

La distancia de cinco horas a través del desierto, aunque larga, parece un viaje iniciático, una travesía a través de la vastedad árida que culmina en este espectáculo de fuego eterno. La travesía, aunque agotadora, se convierte en un sendero de descubrimiento, donde el camino, inhóspito y desafiante, revela la grandiosidad y la singularidad de este fenómeno natural modificado por el hombre. La lección aprendida, tal vez, es que incluso las acciones más inesperadas pueden generar belleza, creando un paisaje místico que cautiva a aquellos que se aventuran a explorar los límites de lo posible y lo imposible.

Llegamos al umbral de Darvaza. Sin guardias ni protección, el vértigo se apodera al reconocer que cualquier paso en falso podría significar un destino inmediato en estas tierras de fuego. El corazón late con fuerza mientras se contempla este escenario surrealista. Sin muros ni barreras, la sensación de vulnerabilidad se mezcla con la emoción de presenciar la majestuosidad y la crudeza de este fenómeno ardiente. Aquí, la fragilidad humana se encuentra cara a cara con la fuerza indomable de la naturaleza, un baile delicado entre el riesgo y la maravilla que se graba en la memoria para siempre.

Al dejar atrás las maravillas de Turkmenistán, me despido con gratitud y asombro por las experiencias vividas. Las imágenes capturadas de la ciudad del mármol blanco, con sus calles impolutas y su arquitectura majestuosa, serán tesoros visuales que atesoraré por siempre. Desde la tranquilidad de sus avenidas desiertas hasta la imponente presencia del fuego eterno en Darvaza, cada foto cuenta una historia única de este viaje inolvidable. Cada imagen es un recordatorio de la grandeza, la singularidad y la belleza que descubrí en este rincón del mundo, un lugar donde la historia y la naturaleza se entrelazan en un tapiz de maravillas inigualables.

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