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Escapando de la globalización en Timor Oriental

¿Timor Oriental? ¿Qué es eso?

Si alguien te pidiera que cogieras un mapa del mundo y eligieras un país para viajar, apostaría a que tu primera opción no sería Timor Oriental. De hecho, si fueras a una clase llena de estudiantes universitarios y les preguntaras uno por uno si han oído hablar de ese país, la mayoría diría que no. No los culpo, este país es probablemente uno de los más remotos del mundo. Y eso es precisamente lo que lo hace increíble.

Hagamos otro “experimento social”: acércate a un grupo de mochileros en un bar de Bangkok y pregúntales si planean visitar Timor Oriental. Apuesto a que no te darán una respuesta afirmativa. De hecho, lo más probable es que te pregunten: “¿Qué es eso?”.

Timor Oriental es un destino poco frecuentado por los viajeros del sudeste asiático. Ni siquiera los turistas más curiosos llegan al país. Una simple búsqueda en Google demuestra que no tiene nada de especial ni nada que pueda justificar un viaje hasta allí.

Las calles de Dili.

Durante mi intercambio en Singapur, logré visitar nueve de los once países del sudeste asiático. Desde entonces, he regresado a la región por diversas razones, pero nunca para visitar los dos países que me faltaban: Myanmar y Timor Oriental. A Myanmar no creo que vaya, al menos hasta que su guerra civil se vuelva más… predecible, en cierto modo. En cuanto a Timor, llegó un punto en que no podía justificar por qué aún no había estado allí después de visitar Malasia por undécima vez. En enero de 2026, finalmente reservé mis vuelos y aterricé en Dili en una lluviosa mañana de verano.

El quebradero de cabeza para llegar…y salir

Parte del motivo por el que la gente no viaja a Timor Oriental es su situación tan remota… y lo caro que resulta llegar allí. El aeropuerto de Dili, la capital, es probablemente una de las infraestructuras más rudimentarias que he visto en toda la región. Parece sacado de los años 70. He visto aeropuertos más grandes y sofisticados en islas de menos de 10.000 habitantes. Y eso que estamos hablando de la capital de una nación soberana.

El personal de tierra del aeropuerto deja el equipaje facturado en una cinta transportadora ridículamente pequeña. Mientras tanto, los turistas deben completar un formulario de llegada electrónico en uno de los dos ordenadores disponibles para ello. El formulario se puede completar desde un teléfono normal, pero la conexión a internet es tan mala que han tenido que poner a la disposición de los viajeros esos viejos ordenadores con Windows 94 para que los turistas pudieran rellenar el cuestionario y entrar en el país. No hay zona de llegadas; simplemente se sale de la zona de recogida de equipajes a la carretera. Como llovía a cántaros, la pequeña zona que contaba con un techo estaba completamente abarrotada de gente y apenas pude salir del aeropuerto. Esa fue mi primera impresión de Timor Oriental.

Mural en el paseo marítimo de Dili.

Dado el estado del aeropuerto (y la escasa demanda), apenas hay vuelos al país. Mientras escribo esto, solo existen cinco rutas internacionales: Bali, Xiamen, Singapur, Darwin y Kuala Lumpur. Esta última se inauguró hace unos meses con una aerolínea de bajo coste llamada Batik Air. A pesar de ser de bajo coste, pagué unos 250 dólares por un billete de ida. Como casi no hay vuelos de entrada ni de salida del país, los precios son altísimos, independientemente de la fecha de reserva. Solo los timorenses más ricos, diplomáticos o empresarios utilizan estos vuelos… y turistas como yo.

Spoiler: salir de allí también fue todo un reto. Había decidido regresar a Kuala Lumpur desde Kupang, una ciudad en la parte indonesia de la isla. Sin embargo, cuando fui a la oficina del “Babaduk Express” para comprar mis billetes de Dili a Kupang, me enteré de que el autobús estaba en mantenimiento esa semana. Terminé comprando otro vuelo de 200 dólares desde Dili, esta vez a Bali, la opción más barata, con su aerolínea nacional: Aero Dili. Timor no es para turistas despreocupados, pero creedme, vale la pena.

Escapando de la globalización

Timor casi no recibe turistas. He leído por alguna parte que el número total de visitantes diarios no supera los 10, incluyendo no sólo turistas, sino también personas que viajan por trabajo. Durante mi viaje de tres días, fui el único visitante no timorense que vi. Ni rastro del típico turista ocasional que se ve en países pequeños. Tras reflexionar sobre mi viaje, creo que esa es una de las razones por las que fue realmente especial.

La costa de Timor

Timor Oriental se distingue por su forma única de escapar de la globalización; permíteme explicarlo. Piénsalo: prácticamente no hay turismo. El país casi nunca tiene contacto con el mundo exterior, salvo a través de diplomáticos, empresarios y la conexión a internet, que funciona bastante mal en la isla. Aparte de eso, Timor Oriental es una burbuja aislada de la globalización y todo lo que esta implica.

Como en la isla no existe una industria turística, jamás encontrarás taxistas que te acosen para llevarte al centro y luego estafarte. En Timor no hay cadenas hoteleras famosas ni la infraestructura o los negocios habituales para turistas. Ni rastro de tours gratuitos, Starbucks o “cafés” de matcha latte. ¿Quieres moverte por el país? Más te vale aprender a usar el transporte público, los “microlets”, que a decir verdad, me parecieron bastante eficientes, aunque me llevó un día entender cómo funcionan.

Timor simplemente es un país que le falta de todo. Y para bien, en mi opinión. Es auténtico. La globalización nos ha vuelto demasiado perezosos, demasiado dependientes del wifi rápido, Uber, los restaurantes y cafés “originales” que al final son todos iguales y las estructuras a las que estamos acostumbrados en cualquier parte. Viajar a Timor es como retroceder tres décadas, cuando no todo parecía “igual” en un sentido abstracto.

Escapar de la globalización tiene un precio. Como no hay demanda y la oferta de hoteles es escasa, me costó encontrar un alojamiento decente y económico. Una noche en un hotel normal en Dili costaba unos 100 dólares, totalmente fuera de mi alcance. Al final encontré unos apartamentos no muy lejos del centro por menos de 30 dólares la noche. No exagero cuando digo que se convirtió en uno de los peores lugares en los que he dormido. La habitación estaba llena de moho. Arañas más grandes que mi mano campaban a sus anchas. No había electricidad ni internet por la noche. Y lo peor: el agua de la ducha olía a huevo podrido, lo que me obligó a usar mis botellas de agua para ducharme durante tres días. Como ya he dicho, Timor no es para turistas despreocupados.

La famosa estatua de Cristo Rey, construida por Indonesia.

En otros países menos desarrollados, aún se pueden encontrar los lugares habituales para expatriados: bares que venden cerveza importada, clubes de playa para los ricos, colegios privados para los hijos de los expatriados, etc. En Timor no encontré nada de eso. Dili, aunque agradable, me pareció algo aburrida. Me imaginé siendo diplomático con una misión de cuatro años en Timor: ¿qué haría en mi tiempo libre? ¿Volar a Bali? Todavía me pregunto qué hacen los expatriados para divertirse en el país, o incluso los locales. Simplemente no encontré ninguna forma de ocio, ni siquiera en Dili. Pregunta seria: ¿qué hace la gente para divertirse allí?

En la calle, la gente me miraba como si fuera un extraterrestre. En sus ojos vi una mezcla de sorpresa y curiosidad. No voy a mentir, al principio me sentí bastante incómodo, pero luego me fui acostumbrando y comprendí que simplemente no era común que vieran turistas, ni siquiera en el centro de Dili. Quizás lo mejor de que Timor esté tan aislado del turismo mundial sea precisamente esto: la gente está deseosa de hablar con los extranjeros porque les interesa saber qué hacen en el país. Siempre fueron amables, respetuosos, honestos y atentos conmigo. La ausencia de turismo en Timor implica ausencia de estafas, gente harta de hordas de visitantes y, en general, una experiencia auténtica.

En el centro de Dili se puede ver el único vestigio del mundo globalizado en Timor: un pequeño Burger King con un menú reducido… y casi ningún cliente.

El peso de la historia

El verdadero motivo de mi viaje a Timor, además de pura curiosidad, fue su historia. Esta joven nación sufrió una brutal ocupación durante casi tres décadas que se cobró cientos de miles de vidas. Los historiadores suelen coincidir en calificar lo ocurrido en Timor como un genocidio. Dili está repleta de museos que explican la trágica historia del país, desde desgarradores campos de concentración para disidentes políticos hasta exposiciones bien estructuradas que narran la historia de la nación más joven de Asia.

Las tropas indonesias, en su objetivo de expulsar al Fretilin (la resistencia armada) de las montañas donde se resistía a la ocupación, incendiaron varias hectáreas de cultivos, sumiendo al país en una hambruna crónica que aún le afecta. El conocimiento transmitido de generación en generación sobre qué comer y qué plantar se perdió a causa de la hambruna, convirtiendo a Timor en uno de los países de Asia con mayores problemas nutricionales.

Un monumento conmemorativo de la masacre de Aileu de 1942.

Un día atravesé las montañas hasta un pueblo llamado Aileu, antiguo bastión de la resistencia. El pueblo es bastante singular, con su arquitectura colonial portuguesa, una gran iglesia y un enorme monumento a Nicolau Lobato (primer presidente del país) en medio de la nada. Sorprendido de ver a un turista (quizás el primero en semanas), el único empleado del Museo de Aileu me llevó a dar un pequeño recorrido por la parte oriental de la isla mientras explicaba, en un portugués limitado, la historia de la región.

Australia, Estados Unidos y la mayor parte del mundo occidental apoyaron a Indonesia en su guerra contra los timorenses y en el genocidio que perpetraron contra ellos. Para estos países, Indonesia simplemente estaba conteniendo un levantamiento comunista en una antigua colonia portuguesa, por lo que la violencia estaba justificada.

A principios de los 90, Indonesia había legitimado casi por completo su ocupación de Timor. Yakarta abrió gradualmente la “región” a los visitantes internacionales, construyó monumentos como el “Cristo Rei” para demostrar que “aceptaban” el fuerte sentimiento católico en la isla y todo apuntaba al fin del “sueño timorense de independencia”. Su lucha quedaría sepultada en la historia, al igual que muchas otras en todo el mundo.

No fue hasta la masacre de Santa Cruz en 1992 que el mundo comprendió lo que realmente sucedía en el país. En noviembre de ese año, tropas indonesias abrieron fuego contra una multitud que protestaba por el asesinato de un sacerdote en el cementerio de Santa Cruz, en Dili. Más de 250 timorenses, en su mayoría estudiantes, fueron masacrados. La matanza coincidió con la visita de un importante representante de la ONU y algunos periodistas extranjeros.

El cementerio de Santa Cruz, donde tuvo lugar la masacre en 1992.

Dos periodistas estadounidenses grabaron la masacre con sus cámaras y, a pesar de las amenazas, lograron enviar las imágenes a Darwin, Australia. Allí, las autoridades australianas, alertadas por Indonesia, intentaron interceptar el material para impedir su difusión pública. No lo consiguieron. Al día siguiente, las imágenes que revelaban la verdad sobre la ocupación indonesia llegaron a los titulares de todo el mundo, provocando protestas a nivel global y obligando a los aliados occidentales de Indonesia a retirar su apoyo a Yakarta. Timor Oriental finalmente se independizó en 2002.

En cierto modo, la historia de Timor me recuerda a la del Sáhara Occidental. Ambas fueron colonias de países ibéricos que lograron su independencia relativamente tarde (1975), pero sufrieron las ambiciones imperiales de sus vecinos (Indonesia y Marruecos). La diferencia clave radica en que el Sáhara Occidental nunca vivió un suceso como la masacre de Santa Cruz, que permitió al mundo ver la realidad de la ocupación. Fue la opinión pública la que salvó a Timor y le otorgó su independencia, mientras que el Sáhara Occidental sigue ocupado por Marruecos y respaldado por Occidente, al igual que Timor hasta 1992.

Timor Oriental, junto con Ruanda, es probablemente uno de los países donde más he aprendido sobre el peso de la historia. A pesar de haber investigado a fondo su historia antes de mi llegada, el viaje me resultó increíblemente enriquecedor y me marcó profundamente.

Si alguna vez viajas al sudeste asiático, tienes algo de dinero, tiempo libre y paciencia, dale una oportunidad a Timor Oriental; no te arrepentirás.

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