Tras las huellas de Tito en Zagreb

Me bajo del autobús en Zagreb a las seis y diez de la mañana; ha sido un viaje tranquilo y rápido desde Viena, si bien el bus nocturno era tan incómodo que apenas he podido dormir. Entro a la cafetería de la estación y noto la primera gran diferencia respecto a Viena: una berlina rellena y un café cortado por 1,90€. Pago en metálico con un billete de cinco y me fijo en que todas las monedas que me devuelve la cajera son de 2023. Efectivamente, el euro es la moneda de curso legal en Croacia desde enero de 2023, con lo que sus llamativos diseños, que yo no había visto jamás (Nikola Tesla, un mapa de Croacia sobre un damero, las letras HR de Hrvatska en escritura glagolítica…), resaltan sobre monedas a menudo muy brillantes.

Está amaneciendo y cojo el primer tranvía que veo, que me lleva hasta el parque Maksimir, lugar que tenía ya apuntado en la lista de cosas que hacer aquí. Me sorprende, pues no había contado con ello, que el estadio del Dinamo de Zagreb está junto al parque. Pese a que no son ni las siete de la mañana, hay bastante gente por la calle y en el tranvía; me acerco al estadio, cuya antigüedad (fue inaugurado en 1912) es palpable pese a las renovaciones a las que ha ido siendo sometido. Las gradas azules del campo, que no cuentan con ningún tipo de cubierta o protección, se pueden ver fácilmente desde fuera, en lo que recuerda a una versión aún más desgastada y decadente de lo que era el Vicente Calderón antes de ser demolido.

Me adentro en el Maksimir, un inmenso parque urbano que ahora presenta un aspecto otoñal precioso con un encanto añadido por la niebla y el amanecer; se encuentra prácticamente vacío salvo por algunos runners. El principal atractivo del parque probablemente sea el zoo, que todavía no está abierto, además de los cinco lagos, que voy recorriendo uno a uno admirando las garzas que veo. El más bonito, sin duda, es el quinto, que con su tamaño, su oscurísima agua y la vegetación color marrón otoñal que lo rodea tiene un aspecto de cuento o película de terror, como si fuera a suceder una catástrofe en cualquier momento. Una persona en las reseñas de Google Maps se queja de que no hay apenas animales, y es verdad, pero los árboles lo compensan de sobra. Me fascina la cantidad de jóvenes que hay por la zona del parque Maksimir, probablemente estudiantes universitarios, y que ahora cogen el mismo tranvía que yo.

La “fan shop” del Dinamo de Zagreb

El tranvía avanza por Maksimirska Cesta y pienso en no bajarme hasta que vea algo que verdaderamente me atraiga o me llame la atención. En este caso es un edificio tipo mausoleo de estilo neoclásico que pronto me entero de que se trata del Pabellón Meštrović, y que es exactamente el sitio donde he quedado a las 10:00 para el «Tito Walk», un tour guiado que promete enseñarme Zagreb durante dos horas a través de la historia vital del famoso dirigente yugoslavo. Como todavía quedan casi dos horas para eso, me pongo a andar sin rumbo por la ciudad y me meto en el primer supermercado que veo, un Spar en el que me compro el famoso borek y una botella de agua, pues la ausencia de fuentes públicas en esta ciudad es desesperante. Salvo por unas galletas Jaffa a 0,65€, no me parece que los precios sean excesivamente más bajos que en Madrid, ni siquiera que en Viena; compruebo que en la etiqueta sigue apareciendo el precio en kunas croatas junto a los euros.

Sigo andando sin rumbo y, después de preguntarle a un señor dónde hay una fuente de agua potable, acabo subiendo una calle empinadísima, la Ulica Pavla Radića, y llego hasta la famosa Puerta de Piedra, que está llena de personas rezando y dejando velas a la virgen que la custodia. Sin buscarla, acabo junto a la iglesia de San Marcos, a la que por desgracia no puedo entrar porque tiene todo el perímetro vallado por culpa de unos actos gubernamentales, según me cuenta la policía. También parece que, como respuesta, se ha organizado algún que otro acto de protesta suelto. Como se acercan las 10:00, vuelvo por donde he venido hasta que me hallo de nuevo frente al Pabellón Meštrović.

No sé qué me había imaginado realmente de una actividad sobre Josip Broz Tito, pero solo hay dos personas esperando a la guía junto a mí. Las dos son croatas y, cuando llega la guía que va a llevar el tour, lo primero que hace es pedirme que le pague en mano los veinte euros. No viene nadie más y empieza a explicarnos, todo en inglés para que yo me pueda enterar de algo, que el Pabellón Meštrović llegó a ser una mezquita durante el gobierno títere nazi de Ante Pavelić; los tres imponentes minaretes de 45 metros de alto que mandó construir rodeando el pabellón serían demolidos después por el gobierno de Tito, que convirtió el pabellón en un museo de la revolución socialista. Hoy es la sede de la unión de artistas croatas.

El camino nos lleva por calles de Zagreb que ya me ha dado tiempo a andar y desandar antes del tour; la guía nos detalla dónde y cómo fueron torturados por la Ustaša los militantes y partisanos antifascistas del Zagreb pro-nazi, lo que lleva a una conversación bastante interesante acerca del papel colaboracionista de buena parte de la población civil.

Tanto la guía como la otra mujer que está escuchando el tour, una señora de unos sesenta años que trabaja también como guía turística en una ciudad más pequeña de Croacia, señalan que los gobiernos de la Croacia posyugoslava han intentado transmitir la idea de que toda la población croata estaba unida frente al fascismo, idea sin duda errónea a la luz de las imágenes de multitudes saludando a las tropas nazis entrando a Zagreb en 1941. La guía me explica también por qué la catedral está totalmente tapada con andamios sin que se pueda visitar; me recuerda que Zagreb sufrió un terremoto bastante fuerte en 2020; este dañó la catedral y, desde entonces, se encuentra cerrada y en obras.

Me fijo en la tienda del Dinamo de Zagreb, que tiene una localización privilegiada en el centro de la ciudad; no en vano la selección croata acumula dos podios consecutivos en el mundial de fútbol masculino, y figuras como Luka Modrić son objeto de auténtica veneración, que se deja ver también en las tiendas de souvenirs. En la plaza Ban Jelačić, la guía nos explica que la persona que le da nombre es considerada un héroe nacional en Croacia por su papel en la revolución de 1848, si bien su figura fue algo controvertida en la Yugoslavia socialista y lo ha seguido siendo hasta el día de hoy; en la etapa socialista, la descomunal estatua de Jelačić fue apartada de la plaza y esta se renombró como Plaza de la República, pues se veía a Jelačić como un traidor y agente extranjero que se alió con la monarquía austríaca frente a Hungría. Mientras nos explica cómo la Croacia democrática rehabilitó la figura de Jelačić para presentarlo como un héroe nacional, la guía aprovecha para meterse con Zelenski, a quien acusa de, al contrario de Tito, no luchar en el campo de batalla y «solo aparecer en televisión».

Paseamos por un soleado Zagreb y el otro señor que está siguiendo el tour se me acerca y me pregunta de dónde soy. Me recomienda que vaya a ver otras ciudades; cuando le digo que solo voy a estar un día y que ni siquiera me quedo a dormir aquí, me aconseja venir en otro momento y visitar las ciudades del sur (Split, Zadar, Dubrovnik), que son «más venecianas». Es cierto; aunque Zagreb es sin duda muy interesante y entretenida de visitar, al fin y al cabo su arquitectura imperial no se diferencia demasiado de la de Viena, y, al estar bastante bien cuidada y conservada, tampoco tiene ese manto de decadencia de la Europa oriental que sí se puede apreciar en ciudades como Bratislava o Budapest.

Llegamos al monumento a las hermanas Baković y la guía nos explica su historia, aunque infiero que las otras dos personas ya la conocen bien y la guía está hablando exclusivamente para mí. Bueno, pues se trata de dos figuras legendarias del movimiento obrero que ayudaron a la difusión de material propagandístico anti-nazi entre los partisanos que luchaban contra Ante Pavelić; ambas acabaron siendo arrestadas: Rajka fue torturada y asesinada y Zdenka se suicidó arrojándose desde la ventana de la prisión. El monumento que recuerda a ambas es austero y elegante: dos bustos con la efigie de ambas en la pared, donde han colocado también coronas de flores. Justo después, junto al Teatro Nacional Croata, un edificio neoclásico en tono amarillo, la guía nos cuenta apenada que la plaza en la que nos encontramos solía llamarse Plaza del Mariscal Tito, pero en 2017 el alcalde de Zagreb decidió (contra lo que habría querido la población, según parece) darle el nombre de Plaza de la República de Croacia.

Dos horas de inmersión en la yugonostalgia después, nos encontramos en la última parada del recorrido, frente a los archivos estatales de Croacia y con un sol de mediodía bastante agradable. La guía nos habla, por fin, sobre los excesos de la represión y la censura socialista en Yugoslavia. Según la guía, Tito ya estaba convencido de la maldad del estalinismo tras su estancia en Moscú en 1935, por lo que construyó un régimen a prueba de la Unión Soviética, y los estalinistas fueron censurados o enviados a Goli Otok a hacer trabajos forzados, censura que inevitablemente salpicaría a personas que nada tenían que ver con el estalinismo. Como broche, nos cuenta la divertida anécdota según la cual, después de sufrir varios intentos de asesinato por parte de agentes soviéticos, Tito supuestamente envió a Stalin una carta pasivo-agresiva advirtiéndole de lo siguiente: «Deja de enviarnos asesinos. Ya hemos capturado a cinco. Como pillemos a uno más, yo mismo me encargaré de mandar uno a Moscú. Y te aseguro que no hará falta enviar ninguno más». Nos despedimos y sigo paseando por Zagreb.

¡Gracias por leer!

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